Hacía un calor molesto y húmedo. El ventilador de techo rechinaba constante y parecía, cada tanto, que caería sobre las cabezas de la gente en la sala de espera.
Él traía un sombrero negro ridículo y se veía miserable. Ella a su lado, con las manos sobre la crecida barriga, miraba absorta el vacío. Recordaba.
Recordaba ese otro día caluroso, pero con viento, en el que estaba tan aburrida que miró por la ventana y decidió enamorarse. Todos saben que esa clase de decisión no debe surgir enteramente del aburrimiento, pero ella no lo sabía entonces, ni lo sabe ahora probablemente, ni le importa.
Sólo miró por la ventana. Vio al chico.
El chico cansado del trabajo y del calor, y del viento, y de mirarse diario en el mismo espejo sucio. Cansado de tener miedo, cansado de vivir la misma vida todo el tiempo. El chico sentado en la acera, con las mangas dobladas y sudor en la frente, que decidió por jugarretas del destino, mirar hacia arriba en ese preciso momento… eso fue todo.
Ella sonrío. El no, pero la miró atento. Ella bajó de su torre, carente de larga cabellera, pero eso sí, con la sonrisa bien puesta. El contó cada paso esperando encontrar alguna verdad eterna en la sonrisa. Nunca encontró nada.
Ella en realidad no lo quiso nunca, pero se enamoró locamente de la idea de quererlo. El ni siquiera lo pensó realmente, sigue sin pensarlo.
Resultó, un día nublado, que ella le dijo sin sonrisa: “Tenemos que hablar”
Él escuchó mirando al suelo, contando las grietas en el pavimento. Dijo “entonces nos casamos”. No fue una pregunta. Caminaron muy juntos bajo un paraguas verde. Estaba lloviendo.
Se mudaron a un departamento grotescamente diminuto. Se decían que se amaban varias veces al día, al principio, porque es sumamente sencillo declarar amor eterno… a menos claro, que uno en realidad lo sienta.
Se dieron cuenta muy pronto de que nunca serían felices, no importaba.
Sus demostraciones amorosas se volvieron inversamente proporcionales al crecimiento de su estómago, y así siguió.
Un día, hacía un calor molesto y húmedo. El ventilador de techo rechinaba constante y parecía, cada tanto, que caería sobre las cabezas de él y ella en la sala de espera. Él traía un sombrero negro ridículo y se veía miserable. Ella a su lado, con las manos sobre la crecida barriga, miraba absorta el vacío.
Recordaba.
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