domingo, 11 de septiembre de 2011

Ventanas con barrotes

Hacía un calor molesto y húmedo. El ventilador de techo rechinaba constante y parecía, cada tanto, que caería sobre las cabezas de la gente en la sala de espera.

Él traía un sombrero negro ridículo y se veía miserable. Ella a su lado, con las manos sobre la crecida barriga, miraba absorta el vacío. Recordaba.

Recordaba ese otro día caluroso, pero con viento, en el que estaba tan aburrida que miró por la ventana y decidió enamorarse. Todos saben que esa clase de decisión no debe surgir enteramente del aburrimiento, pero ella no lo sabía entonces, ni lo sabe ahora probablemente, ni le importa.
Sólo miró por la ventana. Vio al chico.

El chico cansado del trabajo y del calor, y del viento, y de mirarse diario en el mismo espejo sucio. Cansado de tener miedo, cansado de vivir la misma vida todo el tiempo. El chico sentado en la acera, con las mangas dobladas y sudor en la frente, que decidió por jugarretas del destino, mirar hacia arriba en ese preciso momento… eso fue todo.

Ella sonrío. El no, pero la miró atento. Ella bajó de su torre, carente de larga cabellera, pero eso sí, con la sonrisa bien puesta. El contó cada paso esperando encontrar alguna verdad eterna en la sonrisa. Nunca encontró nada.

Ella en realidad no lo quiso nunca, pero se enamoró locamente de la idea de quererlo. El ni siquiera lo pensó realmente, sigue sin pensarlo.

Resultó, un día nublado, que ella le dijo sin sonrisa: “Tenemos que hablar”
Él escuchó mirando al suelo, contando las grietas en el pavimento. Dijo “entonces nos casamos”. No fue una pregunta. Caminaron muy juntos bajo un paraguas verde. Estaba lloviendo.

Se mudaron a un departamento grotescamente diminuto. Se decían que se amaban varias veces al día, al principio, porque es sumamente sencillo declarar amor eterno… a menos claro, que uno en realidad lo sienta.
Se dieron cuenta muy pronto de que nunca serían felices, no importaba.

Sus demostraciones amorosas se volvieron inversamente proporcionales al crecimiento de su estómago, y así siguió.

Un día, hacía un calor molesto y húmedo. El ventilador de techo rechinaba constante y parecía, cada tanto, que caería sobre las cabezas de él y ella en la sala de espera. Él traía un sombrero negro ridículo y se veía miserable. Ella a su lado, con las manos sobre la crecida barriga, miraba absorta el vacío.
Recordaba.

viernes, 24 de junio de 2011

No me gusta fumar

No me gusta fumar, me gusta el humo…

del amor me gustan más las flores secas,
las despedidas con lágrimas,
que se me desgarren los ojos
y
los intestinos.

Me gusta saborear esa punzada en el pecho…
Me gusta más pelear las batallas perdidas
(por ese placer nocivo en lo inevitable)

viernes, 3 de junio de 2011

Girasoles amarillos

Hoy me dan ganas de que lluevan girasoles
y de huir.

Últimamente he pensado que el amarillo es color real del luto,
el amarillo es hipócrita.

El amarillo se viste de amarillo, porque en realidad
está triste…
pero no quiere que sepamos y nosotros le hacemos creer que no sabemos
y lo pintamos en las flores,
y en las caritas felices,
y en los arco iris,
y en el sol,
a veces, lo pintamos en el cielo y en nuestros propios ojos.

Me da lástima en amarillo,
Me da lástima que tenga que alegrarnos a todos siempre cuando no puede alegrarse ni él mismo.

Hoy me dan ganas de que lluevan girasoles y de huir,
tal vez porque estoy triste.